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[vc_row type=»in_container» bg_position=»left top» bg_repeat=»no-repeat» scene_position=»center» text_color=»dark» text_align=»left»][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]«Más vale malo conocido que bueno por conocer” Si este dicho popular fuera cierto… seguiríamos viviendo en la Edad Media. Además, cuando las cosas se ponen difíciles no nos queda otra alternativa que cambiar. Y lo que no evoluciona, se estanca.

Desde que empecé con 15 años a interesarme por la psicología y el desarrollo personal, lo que más me llamaba la curiosidad era el tema del cambio: cómo lograr que las cosas, las personas y las sociedades cambien, incluso cuando el cambio parece imposible.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/3″ enable_animation=»true» animation=»fade-in-from-bottom» boxed=»true» column_padding=»padding-3-percent» column_padding_position=»all» background_color=»#c8eaf4″ background_color_opacity=»1″][vc_column_text]

¿Por qué cuesta tanto cambiar?
¿Cómo las personas cambian?

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row type=»in_container» bg_position=»left top» bg_repeat=»no-repeat» scene_position=»center» text_color=»dark» text_align=»left»][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]La neurociencia* ha demostrado que tenemos 2 cerebros:
el racional y el emocional.

El racional es lento, lógico, reflexivo y estratégico.
El emocional es rápido, intuitivo, visceral, impulsivo.

Mientras que nuestro cerebro racional quiere aprovechar bien el tiempo y llevar una vida sana, el cerebro emocional quiere tumbarse en el sofá a pierna suelta y darse un atracón de comida rápida.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/3″ animation=»none» column_padding=»no-extra-padding» column_padding_position=»all» background_color=»#c8eaf4″ background_color_opacity=»1″][vc_column_text]

La Neurociencia ha demostrado que tenemos 2 cerebros: racional y emocional

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]Yo soy una persona predominantemente lógica y mental.

Desde niño he sido muy curioso, me ha gustado aprender, entender las cosas, descubrir cómo funciona el mundo, la naturaleza, las sociedades, cuáles son los fundamentos de la economía y la psicología.

La parte positiva de las personas que somos más mentales es que de manera natural se nos da bien abstraer conceptos, analizar la información, relacionar ideas, sacar conclusiones y ver el marco general de las cosas. Sin embargo, la parte negativa es nuestra tendencia a pensar demasiado, darle demasiadas vueltas a las cosas y caer en «parálisis por análisis”.

Hace 7 años, cuando monté mi consulta privada de coaching personal y psicología, asesoraba a mis consultantes haciendo uso de mi “gran poder lógico, analítico y mental”. Les ayudaba a entender su situación y ver con más claridad lo que no les estaba funcionando. Y la verdad es que sí salían de mi consulta siendo más reflexivos y entendiendo mejor lo que les sucedía. Sin embargo, aunque algunos de ellos “comprendían” mejor lo que les sucedía y se sentían más tranquilos, no estaban llevando a cabo muchos cambios a la práctica, ¿Por qué?

Con el tiempo empecé a descubrir que las personas no cambian sólo con lógica, sino con emoción. Casi todos los fumadores “saben” que fumar es malo, sin embargo “desean” seguir fumando.

Saber que hay que cambiar no es suficiente, ¡es necesario sentirlo, desearlo, vivir la emoción del cambio!

Por otro lado, también existe el problema contrario. He visto a muchos profesionales del coaching y la psicología que logran lo contrario que yo: levantan pasiones, son grandes motivadores y emocionan a su público. Entonces aparece el “efecto droga”, al principio sienten un subidón de emociones, desatan sus pasiones y se sienten muy motivados a cambiar. Después de haber vivido muchas emociones salen muy contentos, alegres y hablando maravillas a los demás sobre lo que han experimentando.

Al igual que el drogadicto, bajo los efectos de las drogas o el alcohol, la persona motivada siente esa euforia de creerse de repente diferente y superior. Sin embargo, una vez que se pasa el efecto de la “droga emocional” llega la depresión. Sin entender bien su situación, sin saber exactamente hacia dónde ir ni qué pasos tienen específicos tienen que dar para cambiar, aparece el “síndrome del drogadicto”: acaban emocionalmente peor que antes.

Conclusión, es necesario que tanto la lógica y la emoción vayan de la mano para lograr activar el cambio.

Puedes ser un padre «lógico» que da buenas recomendaciones a su hijo, pero si no logras tocarle la fibra sensible emocional, tu hijo tendrá comprensión sin motivación. Sabrá lo que tiene que hacer, pero no hará nada.

Por otro lado, si te sientes muy motivado a cambiar pero no te conoces a ti mismo, no te das cuenta de cómo eres, no tienes un plan para hacer cambios prácticos, llevar a cabo pasos específicos, ni sabes crear nuevos hábitos eficaces… tendrás mucha pasión, pero te faltará dirección.

La pasión sin dirección lleva a la perdición.
La comprensión sin emoción lleva a la inacción.

Si eres jefe, responsable de un equipo y quieres que tus trabajadores cambien, tienes que llegar a ellos desde la lógica y la emoción: tienen que tener directrices claras de cómo hacer las cosas y tienen que sentirse motivados para cambiar.

La lógica y la emoción tienen que ir unidas para que se active el cambio, como el ying y el yang.

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Pasión sin cabeza lleva a las personas a actuar visceralmente y cometer graves errores, por ejemplo, en su vida afectiva (tener relaciones sexuales de riesgo, cometer infidelidades) o en sus finanzas (gastar impulsivamente, realizar malas inversiones….).

Estar enamorado es lo más importante para vivir feliz en pareja, pero sólo un estilo de vida bien estructurado permitirá que esta bonita emoción perdure muchos años.

Para vivir una vida equilibrada, hay que ahorrar, pero también saber gastar bien el dinero en actividades que te hacen sentir y vivir la vida.

Por otro lado, ser una “cabeza”, te vuelve una persona insegura, llena de miedos, demasiado analítica. Te te pasa la vida pensando, vives sin vivir.

Para tener una mente equilibrada, hay que tener mucho autocontrol y buenos hábitos. Claro que hay que tener momentos para aprender, reflexionar y desarrollarse intelectualmente, pero también hay que dedicar tiempo a vivir, a sentir, a experimentar el mundo, y así poder poner en práctica los conocimientos y las ideas.

Para activar el cambio, cerebro y corazón deben ir de la mano.


* Bibliografía Recomendada:
DANIEL KAHNEMAN, Pensar Rápido, Pensar Despacio.
CHIP Y DAN HEATH, Switch.
–[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/3″ animation=»none» column_padding=»no-extra-padding» column_padding_position=»all» background_color=»#c8eaf4″ background_color_opacity=»1″][vc_column_text]

Las personas mentales son buenas creando ideas y estrategias.

[/vc_column_text][vc_column_text]

Sin embargo, de dar tantas vueltas a las cosas pueden caer en la parálisis por análisis.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

[vc_row type=»in_container» bg_position=»left top» bg_repeat=»no-repeat» scene_position=»center» text_color=»dark» text_align=»left»][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]¿Tú qué crees? ¿Que la gente cambia o no cambia?

Aquellos que piensan que “la gente no cambia” suelen apoyarse en estos 3 argumentos:

1. “La gente es perezosa: deja para mañana lo que podría hacer hoy.»
2. “La gente tiene miedo: piensa que más vale malo conocido que bueno por conocer”
3. “La gente es incapaz: cada uno es como es y está determinado genéticamente»

Vamos a ver, antes de etiquetar alguien como “perezoso”, “miedoso” o “incapaz de cambiar”, – si queremos ser justos – hagamos un pequeño esfuerzo por entenderle.

Y para entender a las personas hay que comprender su psicología.

Aclaremos los conceptos:
¿Qué es la pereza, el miedo y ese determinismo o incapacidad de cambio?
¿Cómo funciona este dragón de 3 cabezas que nos impide cambiar?

dragon-3-cabezas

 

1º) Empecemos por la primera cabeza del «dragón anti-cambio”: la pereza 

Llamar a la gente “perezosa” no es correcto.
En psicología se ha descubierto que lo que parece “pereza” es en realidad “agotamiento”.

En todas las situaciones de cambio tenemos que hacer un gran esfuerzo de autocontrol en sustituir nuestros comportamientos habituales -conocidos y cómodos- por otros comportamientos nuevos -desconocidos e incómodos-.

Las rutinas mañaneras son inconscientes, sin esfuerzo. Nos levantamos, vamos a desayunar, nos vestimos, nos lavamos los dientes y vamos al trabajo. ¿Pero qué pasaría si tuviéramos cada día que cambiar nuestro hábito mañanero? Podríamos hacerlo, pero requeriría una gran cantidad de energía. Tendríamos que concentrar nuestra atención cada segundo de la mañana. Y al llegar al trabajo estaríamos mentalmente agotados.

Muchos de nosotros cuando llegamos por la noche cansados a casa tenemos menos autocontrol (discutimos con nuestros familiares, comemos demasiado…) y también tenemos menos concentración (nos quedamos embobados con la televisión).

Los cambios siempre agotan a las personas, incluso las buenas personas pierden el autocontrol después de haber hecho un gran esfuerzo.

Por este motivo, ¡jamás intentes resolver los conflictos con tu pareja justo cuando llega cansado del trabajo! No tendrá el nivel de energía necesario para controlar sus emociones. Así pues, tal y como Hada García Cock y yo asesoramos en terapia de pareja, lo mejor para hablar de los problemas es escoger un día de relajación en fin de semana.

Cuando aprendemos a hacer algo por primera vez necesitamos una gran cantidad de energía para concentrarnos. Cuando aprendemos a conducir, al principio necesitamos prestar toda nuestra atención en cómo dar las marchas, cómo controlar el volante, cómo dar los giros…

Aprender requiere concentración y autocontrol. Y el autocontrol requiere energía. Nuestro cerebro necesita mucha energía para crear nuevos hábitos en forma de nuevas redes neurológicas.

Una vez que el cerebro asienta bien los nuevos hábitos y patrones de conducción, el hecho de coger el coche, sacarlo del garaje e ir a trabajar se convierte en automático. Ya no hay ese derroche de energía que tuvimos que gastar en prestar atención cuando estábamos aprendiendo a conducir.

La neurociencia ha avanzado muchísimo, y ahora sabemos que el cerebro funciona gracias a que crea estructuras para poder funcionar de manera eficiente y automática.

Por este motivo crear buenos hábitos resulta tan importante: nos ayudan a economizar nuestra energía. Las personas exitosas -además de inteligencia y suerte- tienen mejores hábitos que aquellos que no lo son.

El problema real que tienen las «personas perezosas» es que gestionan mal sus energías. Si quieren cambiar tienen que aprender a ser más astutos consigo mismos, y diseñar mejores hábitos y estrategias que les mantengan “despiertos, atentos y centrados en sus tareas».

Así pues, la clave para superar el agotamiento a la hora realizar cambios es tomar conciencia de cómo somos y diseñar hábitos que nos protejan de nosotros mismos. Y probablemente este sea el problema básico de la personalidad tipo 9 del Eneagrama, llamado “el perezoso”.

Voy a poner un ejemplo sobre esto. Hace poco estuve asesorando a un chico joven (tenía la personalidad tipo 9 del eneagrama, llamado “el perezoso»). Se trataba de un buen chico, era inteligente pero nunca había sido un buen estudiante debido a sus malos hábitos de estudio.

La situación en su casa era bastante tensa. Sus padres estaban desesperados porque había empezado varias carreras universitarias y al poco tiempo las abandonaba.

Empecé la terapia proponiéndole mejorar su autoestima consiguiendo pequeñas metas. ¡El éxito llama al éxito! ¡Los pequeños avances son previos a los grandes cambios! El primer objetivo fue proponerle al chico sacarse el carnet de conducir.
A él le entusiasmó la idea y se puso manos a la obra. Se apuntó a la academia y empezó a estudiar con muchas ganas. A los 4 días lo dejó.

– ¿¿Qué ha pasado?? Le pregunté.
– Pues que me canso de estudiar y que prefiero posponerlo para más adelante. Me respondió

Mi siguiente pregunta de coaching fue:
– Bien, ¿y cómo has hecho para cansarte? ¿Cómo estudias? ¿Cuál es tu técnica de estudio?

Su contestación me dejó perplejo:
– Pues me pongo a estudiar y al cabo de 5 o 6 horas ya no puedo más, y lo dejo. Y como al cabo de dos días no me acuerdo de nada, pues me desespero, lo veo imposible y prefiero dejarlo para no sentirme mal.

Ahí estaba la clave de su “pereza»: el agotamiento por un mal hábito de estudio.

Es que es normal que uno acabe agotado y desesperado si pasa 6 horas seguidas estudiando sin parar. ¿Cómo se puede aprender algo sin hacer un buen plan de pequeños descansos y repasos? Es imposible.

Entonces le propuse que cambiara su técnica de estudio, y que sólo estudiara una hora al día. Tenía que empezar haciendo tests y le planteé un plan de repasos (empezar a estudiar algo por la primera hoja del libro es un hábito de estudio ineficaz). El cambio fue radical. Recuperó la confianza en su capacidad de aprendizaje instantáneamente, y por lo tanto, se mantuvo disciplinadamente todos los días estudiando una hora intensamente. ¡Éxito!

¿Este chico era perezoso? No. Solo que nunca había aprendido a adquirir mejores hábitos que le mantuvieran su energía y motivación para conseguir sus objetivos.

Alberto Peña Chavarino
12 octubre 2015

En el próximo artículo hablaremos sobre «la 2ª cabeza del dragón anti-cambio: «el miedo». Y descubriremos que en realidad, a lo que llamamos miedo es “duda”. La ansiedad ante lo desconocido es lo que crea la duda paralizante en las personas, y si esta ansiedad aumenta desata las reacciones fóbicas.

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¿Por qué cuesta tanto cambiar?
¿Cómo las personas cambian?

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